Sostenibilidad

Noruega marca el camino hacia el futuro totalmente eléctrico

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Noruega está a un paso de convertirse en el primer país del mundo en eliminar por completo los automóviles de gasolina y diésel de sus concesionarios. A pesar de contar con importantes reservas de petróleo y gas, la nación escandinava ha centrado sus esfuerzos en la movilidad sostenible y ha conseguido resultados que hasta hace poco parecían inalcanzables. En apenas una década, la venta de vehículos eléctricos pasó de representar menos del 1% del mercado en 2010 a alcanzar el asombroso 88.9% el año pasado. Más aún, en las primeras semanas de este año se registró un incremento por encima del 96% de coches eléctricos en las nuevas matriculaciones, acercando a Noruega a la meta de llegar al 100% y dejando atrás, de forma definitiva, los motores de combustión interna en los modelos recién comercializados.

Este logro no surgió de un día para otro. Los legisladores noruegos ya habían trazado un objetivo ambicioso desde 2017, cuando establecieron la intención —aunque no fuera una obligación legal estricta— de lograr que todos los vehículos nuevos fueran eléctricos lo antes posible. Hoy, dicho proyecto es casi una realidad palpable. De hecho, la secretaria general de la Asociación Noruega de Vehículos Eléctricos (NEVA, por sus siglas en inglés), Christina Bu, ha confirmado la preparación de una celebración para conmemorar este hito histórico en cuanto se confirme oficialmente el porcentaje final de ventas al cierre de este año.

Un líder petrolero que apuesta por la sostenibilidad

Resulta paradójico que Noruega, una nación que basa parte importante de su riqueza en la producción de petróleo y gas, se haya convertido en pionera de la movilidad eléctrica. Sin embargo, esta aparente contradicción desaparece cuando se examinan las políticas estatales a largo plazo, diseñadas para incentivar la compra de vehículos de cero emisiones sin aplicar prohibiciones drásticas sobre los de combustión interna. El gobierno noruego ofrece ventajas como la exención del IVA, tarifas reducidas en autopistas y aparcamientos, acceso a los carriles de autobús y, además, una amplia inversión en infraestructura de recarga pública. Gracias a estas medidas, la adopción de coches eléctricos se ha acelerado de forma contundente.

La vice ministra de Transporte, Cecilie Knibe Kroglund, describió los cambios que vive el país como “la nueva normalidad”, subrayando que la experiencia obtenida con los coches puede aplicarse también a otros sectores del transporte. Con cerca de 5.5 millones de habitantes, Noruega busca electrificar por completo sus autobuses urbanos para 2025 y alcanzar un 75% de vehículos pesados impulsados por energías renovables antes de que finalice la década. Se trata de objetivos ambiciosos, pero la experiencia indica que, con determinación política y el apoyo ciudadano, están cada vez más cerca de cumplirse.

A pesar de que las ventas de vehículos nuevos rozan el 100% eléctrico, no todos los automóviles del país funcionan con baterías; todavía circulan numerosos vehículos tradicionales. Según datos de NEVA, alrededor del 28% de los automóviles en Noruega son completamente eléctricos, y en la capital, Oslo, esa cifra sube a más del 40%. No obstante, este cambio en la mentalidad colectiva ya es notable: cada vez más conductores, incluso quienes solían mostrarse escépticos ante la nueva tecnología, confiesan su satisfacción con la experiencia de conducción de un coche eléctrico, destacando su comodidad y eficiencia.

El ejemplo que otros países observan con atención

El éxito de Noruega contrasta con la realidad de otras naciones. En Estados Unidos, por ejemplo, apenas un 8.1% de las ventas de automóviles del año pasado correspondieron a modelos eléctricos, pese a que se había planteado llegar al 50% para 2030. Además, recientes decisiones políticas, como la retirada de compromisos climáticos o la supresión de mandatos enfocados a fomentar la compra de vehículos eléctricos, han frenado ese objetivo a nivel federal. Mientras tanto, en Europa, la Unión Europea acordó prohibir la venta de vehículos con motores de combustión a partir de 2035, y el Reino Unido anunció que, para 2030, no permitirá la comercialización de coches nuevos impulsados únicamente por diésel o gasolina. Alemania, la mayor economía europea, también dio un paso atrás al eliminar de forma abrupta algunas subvenciones para eléctricos en 2023 por problemas presupuestarios, aunque posteriormente ha buscado medidas de alivio fiscal para este tipo de vehículos.

Los expertos señalan que la prosperidad de Noruega y su menor resistencia de la industria automotriz local —dado que no existe un sector fabricante tan fuerte que ejerza presión— han permitido avanzar más rápido que en otros lugares. Sin embargo, analistas y ambientalistas coinciden en que esta experiencia demuestra que la transición hacia la movilidad eléctrica es posible y replicable, siempre que exista voluntad gubernamental y una población dispuesta a sumarse al cambio.

Según el profesor Harald Nils Røstvik, de la Universidad de Stavanger, no hay vuelta atrás: los conductores aprecian las ventajas de la conducción silenciosa, la reducción de costes de mantenimiento y la sensación de limpieza, por lo que sería ilógico que la sociedad regresara a los ruidosos y contaminantes motores diésel. La rapidez del cambio ha resultado sorprendente incluso para los propios noruegos, y hoy se considera un orgullo nacional que un país tradicionalmente vinculado a los hidrocarburos lidere una revolución tan trascendental para el futuro del transporte.

La evolución de Noruega ha pasado de ser un objetivo lejano a una casi realidad: los concesionarios se están llenando únicamente de modelos eléctricos, la ciudadanía ha adoptado con entusiasmo este salto tecnológico y las autoridades continúan impulsando normas y facilidades para la adopción de la movilidad cero emisiones. A la espera de cerrar las cifras definitivas y celebrar este momento decisivo, la experiencia noruega se consagra como un referente que podría allanar el camino para la transformación global del transporte, demostrando que, con políticas claras, beneficios concretos y el apoyo social, abandonar los combustibles fósiles no solo es posible, sino también sumamente beneficioso.

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